miércoles, 27 de marzo de 2024

ALGO DE CIENCIA. 



¿Un dragón en el garaje? ¿A qué viene esto te preguntarás? Todo tiene una explicación. Hace poco hablando con una persona que defendía el uso del Reiki le pregunté que por qué creía en esa práctica y me dijo:

– Existe una energía cósmica que utilizamos los maestros en Reiki para sanar a las personas.

– ¿Y qué tipo de energía es esa? – le pregunté incrédulo.

– El Qui, una energía que la Ciencia aún no ha descubierto. Pero que se encuentra en todo el universo.

– ¿Y si la ciencia no la ha descubierto cómo sabemos que existe?

–  La ciencia no lo sabe todo – Se apresuró a decir.

– Estoy de acuerdo contigo – le admití porque me daba la impresión de que se sentía incómodo por mi curiosidad.

– Esta energía está en todas partes, cura a la gente, lo he visto con mis propios ojos y el hecho de que la ciencia no la haya descubierto todavía no significa que no exista.

Entonces, en ese momento me vino como un relámpago a la cabeza: «En mi garaje vive un dragón que escupe fuego por la boca.» Con esta frase comienza la estupenda metáfora escrita por Carl Sagan en un capitulo de “El mundo y sus demonios” con la que pretende explicar uno de los pilares del método científico: El falsacionismo. También llamado principio de falsabilidad o refutacionismo este concepto acuñado por primera vez por el filósofo austriaco Karl Popper viene a decir que para que una teoría o hipótesis pueda ser considerada como cierta o verdadera tiene que poder existir la posibilidad de contrastarla, es decir, poder refutarla mediante un contraejemplo.

De forma general, ¿si no hay forma alguna de demostrar que “algo” es falso, comprobar mediante algún método (directo o indirecto) esa posibilidad, cómo podemos estar seguros que tenga credibilidad o incluso que pueda existir ese “algo”? Este concepto es fundamental en todas las áreas de la ciencia, y es especialmente útil para contrarrestar este tipo de creencias erróneas  que tienen algunas personas, como las del practicante de Reiki, sobre el hecho de que “cómo no puedes demostrar que lo que digo es falso entonces tiene que ser verdadero“. Nada más lejos de la realidad y Carl Sagan lo explica de “fábula”, os dejo el extracto del libro*:

Un dragón en el garaje

«En mi garaje vive un dragón que escupe fuego por la boca.» Supongamos que te hago una aseveración como esta. A lo mejor te gustaría comprobarlo, verlo por ti mismo. A lo largo de los siglos ha habido innumerables historias de dragones, pero ninguna prueba real. ¡Qué oportunidad!

—Enséñemelo —me dirías.

Te llevo a mi garaje. Miras y ves una escalera, latas de pintura vacías y un triciclo viejo, pero el dragón no está.

—¿Dónde está el dragón? —me preguntas.

—Oh, está aquí —contesto yo moviendo la mano vagamente—. Me olvidé decirte que es un dragón invisible.

Me propones que cubra de harina el suelo del garaje para que queden marcadas las huellas del dragón.

—Buena idea —replico—, pero este dragón flota en el aire.

Entonces propones usar un sensor infrarrojo para detectar el fuego invisible.

—Buena idea, pero el fuego invisible tampoco da calor.

Se puede pintar con spray el dragón para hacerlo visible.

—Buena idea, sólo que es un dragón incorpóreo y la pintura no se le pegaría.

Y así sucesivamente. Yo contrarresto cualquier prueba física que me propones con una explicación especial de por qué no funcionará. Ahora bien, ¿cuál es la diferencia entre un dragón invisible, incorpóreo y flotante que escupe un fuego que no quema y un dragón inexistente? Si no hay manera de refutar mi opinión, si no hay ningún experimento concebible válido contra ella, ¿qué significa decir que mi dragón existe? Tu incapacidad de invalidar mi hipótesis no equivale en absoluto a demostrar que es cierta. Las afirmaciones que no pueden probarse, las aseveraciones inmunes a la refutación son verdaderamente inútiles, por mucho valor que puedan tener para inspiramos o excitar nuestro sentido de maravilla. Lo que yo te he pedido que haga es acabar aceptando, en ausencia de pruebas, lo que yo digo.

Lo único que has aprendido de mi insistencia en que hay un dragón en mi garaje es que estoy mal de la cabeza. Te preguntaras, si no puede aplicarse ninguna prueba física, qué fue lo que me convenció. La posibilidad de que fuera un sueño o alucinación entraría ciertamente en tu pensamiento. Pero entonces ¿por qué hablo tan en serio? A lo mejor necesito ayuda. Como mínimo, puede ser que haya infravalorado la falibilidad humana.

Imaginemos que, a pesar de que ninguna de las pruebas ha tenido éxito, deseas mostrarte escrupulosamente abierto. En consecuencia, no rechazas de inmediato la idea de que haya un dragón que escupe fuego por la boca en mi garaje. Simplemente, la dejas en suspenso. La prueba actual está francamente en contra pero, si surge algún nuevo dato, estarás dispuesto a examinarlo para ver si te convence. Seguramente es poco razonable por mi parte ofenderme porque no me crees; o criticarte por ser un pesado poco imaginativo… simplemente porque pronunciaste el veredicto escocés de «no demostrado».

Imaginemos que las cosas hubieran ido de otro modo. El dragón es invisible, de acuerdo, pero aparecen huellas en la harina cuando las miras. Tu detector de infrarrojos registra algo. La pintura del spray revela una cresta dentada en el aire. Por muy escéptico que se pueda ser en cuanto a la existencia de dragones —por no hablar de seres invisibles— ahora debes reconocer que aquí hay algo y que, en principio, es coherente con la idea de un dragón invisible que escupe fuego por la boca.

Ahora otro guión: imaginemos que no se trata sólo de mí. Imaginemos que varias personas que conoces, incluyendo algunas que estas seguro de que no se conocen entre ellas, te dicen que tienen dragones en sus garajes… pero en todos los casos la prueba es enloquecedoramente elusiva. Todos admitimos que nos perturba ser presas de una convicción tan extraña y tan poco sustentada por una prueba física. Ninguno de nosotros es un lunático. Especulamos sobre lo que significaría que hubiera realmente dragones escondidos en los garajes de todo el mundo y que los humanos acabáramos de enterarnos. Yo preferiría que no fuera verdad, francamente. Pero quizá todos aquellos mitos europeos y chinos antiguos, sobre dragones no eran solamente mitos… Es gratificante que ahora se informe de algunas huellas de las medidas del dragón en la harina. Pero nunca aparecen cuando hay un escéptico presente. Se plantea una explicación alternativa: tras un examen atento, parece claro que las huellas podían ser falsificadas.

Otro entusiasta del dragón presenta una quemadura en el dedo y la atribuye a una extraña manifestación física del aliento de fuego del dragón. Pero también aquí hay otras posibilidades. Es evidente que hay otras maneras de quemarse los dedos además de recibir el aliento de dragones invisibles. Estas «pruebas», por muy importantes que las consideren los defensores del dragón, son muy poco convincentes. Una vez más, el único enfoque sensato es rechazar provisionalmente la hipótesis del dragón y permanecer abierto a otros datos físicos futuros, y preguntarse cuál puede ser la causa de que tantas personas aparentemente sanas y sobrias compartan la misma extraña ilusión.

Hasta aquí el capítulo de Sagan. Respecto a mi conversación con el practicante de Reiki, pues que giró en torno a la metáfora del Dragón en el Garaje intentando sustituir el concepto de Dragón por el Qui. A pesar de mis esfuerzos debo de admitir que no se fue muy convencido, sobre todo cuando le dije que en el caso concreto del Reiki no era verdad que la ciencia no había demostrado su ineficacia, de hecho una niña de 11 años de edad lo hizo hace ya algún un tiempo. Recuerdo siempre a Mark Twain cuando decía:

«Es más fácil engañar a la gente, que convencerlos de que han sido engañados»

Y por último. 

Lo bello.


lunes, 28 de agosto de 2023

Corrijo.

Todos los hombres y mujeres son mortales.

Sócrates es un hombre e Hypatia una mujer.

Luego tanto Sócrates cómo Hypatia son mortales.

 

Tarde pero seguro. 



 


viernes, 21 de octubre de 2022

21 de octubre de 2022. Dos apuntes para mis seguidores y para mi mismo. Una canción recientemente descubierta.





   

martes, 16 de septiembre de 2014

domingo, 27 de abril de 2014

Decencia



Este bar, tan entrañable desde tiempos remotos, testigo de momentos desenfadados y felices, ahora también forma parte de un recuerdo de decepción y vergüenza.  Solo fue el lugar de una conversación. El sitio y sus gentes siguen siendo entrañables.

Dos palabras que ayudan.

Decencia: Aseo,compostura y adorno acorrespondiente a cada persona o cosa. Recato, honestidad, modestia. Dignidad en los actos y en las palabras, conforme al estado o calidad de las personas.

Luego es indecente quien  grita, insulta, no cuida los modales y  reprocha el no compartir la moral dominante, tantas veces hipócrita doble moral.

Dignidad: Cualidad de digno. Excelencia o realce. Gravedad y decoro de las personas en la manera de comportarse.

Es indigno quien no escucha, quien  se comporta con desprecio hacia la opinión ajena, quien construye un discurso humillante a partir de exclusivos y unilaterales juicios. Y es que el envanecimiento ciega e insensibiliza.

¿Nos puede pasar a todos?. 

viernes, 25 de abril de 2014

Kurt Gödel y el porqué la Matemática no es una ciencia exacta,

 

 Según el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, la palabra consistencia significa duración, estabilidad, solidez y también trabazón, coherencia entre las partículas de una masa o de elementos de un conjunto. 

Las Matemáticas definen la consistencia de una teoría o sistema axiomático, como su capacidad para no contradecirse, es decir, con los recursos que proporcionan sus axiomas y afirmaciones es imposible concluir que  algo es cierto y a la vez que no lo es. Por ejemplo si digo "Esta frase es falsa", y supongo que la frase es falsa y lo que afirma no es verdad, se contradice la suposición de que es falsa. Si la frase fuera verdad, se afirma lo que dice y esto contradice también la suposición de que sea verdadera. No hay manera de asegurar si la frase es verdadera o falsa. Una teoría consistente, sería aquella en la que no se pueden dar paradojas como la anterior para que, como dice el diccionario de la RAE proporcione estabilidad, solidez y trabe sus elementos y resultados de forma irrefutable.

Las Matemáticas definen también la completitud de una teoría como su cualidad o capacidad para demostrar que cualquier afirmación, relativa a ese sistema, o es cierta o no lo es, se puede decidir solo una de las dos posibilidades. De otra forma, un sistema sería incompleto cuando no puede verificar la certeza o no de una afirmación de manera que se pueden generar situaciones en las que no se puede decidir..

Consistencia: no hay contradicciones.

Completitud: todo se puede decidir.

Pues bien el señor Kurt Gödel allá por el año 1939,  ( por aquí estábamos perdiendo una guerra)  incorpora los elementos de la aritmética (Gödelización) a la sintáctica y la semántica del metalenguaje utilizado en la lógica matemática (metamatemática), para demostrar que si una teoría matemática es consistente, no puede ser completa, o lo que es lo mismo si una teoría es sólida y robusta y no da lugar a paradojas en sus afirmaciones, entonces existirán, sin duda, resultados que serán indecidibles y nunca se podrá confirmar si son verdaderos o falsos. Lo que es lo mismo que afirmar que si todos los resultados de una teoría son demostrables y se puede decidir si son verdaderos o no, entonces esa teoría sería inconsistente dando lugar a paradojas matemáticas que demostrarían que algo es cierto y no lo es simultáneamente. A la porra pues con la denominación de las Matemáticas como Ciencias Exactas.

No se debe olvidar que estas disquisiciones logicistas se hacen en torno al sistema axiomático de la aritmética y que hoy en día existen procedimientos como la inducción transfinita, el tratamiento e importancia del azar, el cálculo numérico, la lógica difusa y otros tantos caminos que permitirán verificar si cualquier afirmación es demostrable, refutable o indecidible. Así bien acaba lo que no acaba.









miércoles, 23 de abril de 2014

En pocas palabras

Recuerdo que algunos de mis profesores decían que el sentido común nunca ha sido el mejor consejero para la ciencia. Ockham y su navajero principio estimulan a la elección de la más simple de las opciones cuando se den en las mismas condiciones.  Y, parece ser, que en nuestros días esto se ha adherido al tejido social como el aceite

De forma que cuando las cosas se complican un poco, bien sea en los negocios, en la educación, en la medicina o la justicia, se infiere que la responsabilidad es de quien no puede hacer rentable el negocio, del profesor que no enseña, el cirujano que no cura o el juez que sentencia injustamente. La quiebra, el suspenso, la enfermedad y la condena son consecuencias de la incompetencia del experto, cuyas decisiones son arbitrarias y nadie sabe como alguien les ha dotado de la facultad de tomarlas. Esta es la norma. La opinión mayoritaria validada por la ira y los prejuicios que emplazan a los profesionales al lado de los verdugos

Así que cuando un negocio se arruina, un alumno suspende, un paciente se muere o alguien tiene que ir a la cárcel o pagar una multa, no es porque las ventas hayan menguado, los estudiantes no estudien; la enfermedad sea incurable o haya existido un delito descrito y sancionado, es por la insaciable ¿sed de mal? de quien decide a pesar del análisis, conocimientos y experiencia en los asuntos que debe dirimir.


Esta es la actitud de una sociedad acomodada en la opulencia y la simplicidad. Todo se solventa, se supera, se cura y se recurre con resultados satisfactorios guiados al bienestar del público que vota. Basta extender una mano para conseguir lo que se desea en este mundo fácil.









jueves, 10 de abril de 2014

Bueno y porqué no compartir con los pocos habitantes de este blog, al fin y al cabo, son de confianza.